A veces creo que me falta respirar.
Es entonces cuando pienso en Mateo.
Ahora, que solo conservo una vieja fotografía de mi hermano con los bordes gastados y de color diluido por el tiempo, pienso en él más que nunca.
Hoy, vivo en la blanquecina habitación de un hospital tan luminoso, que duele ver. Y en los últimos días de vida, solo contemplo la imagen de Mateo.
Tengo pocos recuerdos suyos, todos relacionados con el pueblo. Era un lugar salvaje y caluroso. Un paraíso de casas para nada uniformes y de colores arenosos. Las piedras que adornaban los muros y resguardaban las casas en invierno parecía que jamás abandonarían sus firmes puestos de trabajo.
Era entonces un niño, y como tal, creía que todo lo que me rodeaba se veía envuelto de una fascinante eternidad natural. El mundo era para mí, lo que siempre sería, por muchos años que pasasen.
Así lo eran también para mí mi padre y Mateo. Siempre tan grandes y tan seguros de lo que hacían. Mateo era diez años, tres meses y un día mayor que yo. Mi padre siempre lo decía, exactamente así, cuando yo fruncía el ceño a causa de algún privilegio que mi hermano tenía sobre mí.
Pero sobre todo, el recuerdo que se repite en mi cabeza es el de ellos dos, cargados de picos, palas, cuerdas, cascos, trajes y un pequeño canario enjaulado; entrando en la boca repleta de dientes afilados del lobo.
Cada día, les oía trastabillar en la cocina muy temprano. Ambos eran torpes y ruidosos, y hablaban a gritos. Incapaz de quedarme en la cama durante horas hasta que empezase la escuela, me escabullía por la ventana de atrás, la del cuarto de baño. Los seguía hasta la entrada de la mina, sin que me viesen, porque papá pensaba que era demasiado pronto para que un niño de mi edad estuviese despierto. Y observaba como los tres, papá, Mateo y el canario, se adentraban en la penumbra de la mina.
La mina. Era una palabra temblorosa, una de esas que vuelan demasiado rápido de los labios, como si fuesen frágiles y cristalinas.
Frágiles como el ruido de Mateo por las mañanas, o como los piares del canario. Frágiles, como los días en los que puedo inhalar tranquilamente, sin la penumbra de la mina acechando.
La última vez que vi a Mateo y al canario, fue en una de esas tempranas escapadas. Le vi hablar con mi padre, balancear suavemente la jaula del canario, y sumirse en la oscuridad del polvo, la grava y el humo. No volvió. El pájaro tampoco.
Años después, camino por los pasillos limpios con los pies manchados de carbón y piedrecitas que se me han ido quedando dentro del zapato a lo largo de los años.
Años después, cuando a este viejo le fallan los pulmones y cree, con razón, que no puede respirar, es entonces cuando piensa en Mateo, su hermano.
Y lo mucho que le echa de menos.
Y el poco tiempo que le queda, y las palabras que ya no…