XVI Edición – Menciones especiales: testimonio histórico

XVI Edición – Menciones especiales: testimonio histórico

XVI Edición – Menciones especiales: testimonio histórico 150 150 manuel

Mención especial (testimonio histórico)
ESCRITOS EN EL VIENTO
Jesús Pérez López


Dedicado a los mineros de Riotinto,
especialmente a los que forjaron mi familia
Hace ya más de 80 años se borraron sus nombres de la historia. Eran hijos de la mina y fueron convocados en aquella madrugada del 19 de julio de 1936 para defender la libertad y la democracia. Fueron convocados y acudieron a la llamada, no sin miedo, pero con conciencia y con esperanza de detener a los traidores. Mineros y jornaleros, todos, hombres de barro y llanto, formando una columna de héroes. Nació en Peña de Hierro y recorrió la cuenca minera y varios pueblos de la provincia de Huelva, creciendo en número. Fue la Columna Minera de Riotinto, hombres normales escasamente armados, hombres mortales dispuestos a morir, hombres convertidos en soldados del pueblo, en héroes, que partieron rumbo a Sevilla para proteger a sus hermanos proletarios, para defender a todos los pueblos de España. Entre ese grupo de héroes, estaba Manuel Rodríguez Méndez, el niño Méndez.

A la columna iban a unirse un grupo de guardias civiles dirigidos por el comandante Gregorio Haro Lumbreras. Estos se adelantaron y llegaron a Sevilla antes que los mineros, ejecutando su traición y poniéndose bajo las órdenes de Queipo. La columna fue emboscada en la Pañoleta por esos mismos que habían prometido lealtad, por esos que jamás tuvieron palabra ni honor. Allí, una de las balas impactó contra un camión cargado de pólvora, provocando una enorme explosión que puso fin a la resistencia a las once de la mañana del 19 de julio. Méndez, junto a otros setenta héroes, fueron detenidos y llevados al barco prisión Cabo Carvoeiro.

Cada día era más insoportable que el anterior, la humedad incandescente, el cúmulo de cuerpos sudorosos, apelotonados y enjaulados, y sin una escapatoria frente a aquella agonía. Méndez, el más joven, soportaba aquella situación intentando ver el mundo exterior a través de una pequeña rendija, tratando de no pensar en las sombras de aquel barco, en el hambre de aquel infierno y en el frío de un hogar tan lejano. Cada día el único aporte de aire renovado se producía cuando abrían la puerta para llamar a alguien para el interrogatorio. La desesperanza estaba extendida. Nunca saldrían vivos de aquel infierno, estarían encerrados allí hasta que el metal se fundiese cubriendo todos sus huesos.

Niño Méndez sálvate tú, le decían. No puedo dejaros, respondía. Eres el único que puede salvarse diciéndoles que eres menor de edad. Al cabo de los días el niño accedió y lo logró. Los interrogatorios se prolongaban. La vida era una pesada carga en aquel agujero, un lugar más insoportable que las minas más profundas donde estos hombres trabajaban. Así llegó el final. El 29 de agosto de 1936 se celebró el consejo de Guerra: Todos los mineros fueron condenados a pena de muerte, excepto Méndez, que fue condenado a cadena perpetua. Las lágrimas fueron contenidas y no quisieron pronunciar despedidas. El día 31 de agosto de 1936 los condenados fueron fusilados diseminadamente por los barrios conflictivos de Sevilla. Méndez pudo sentir una cuchillada gélida por cada uno de sus compañeros asesinados. No derramó ni una sola lágrima, no agachó su cabeza ni la agacharía nunca, pero jamás olvidó sus rostros, jamás olvidó sus vidas, jamás borró de sus labios cada uno de sus nombres y cada noche los escribía en un trozo de papel o en el mismísimo viento para que jamás fuesen olvidados:

«Francisco Salgado Mariano, Domingo Pavón Fernández, Domingo Pachón, José Palma Pedrero, Cayetano Muñoz Maestre, Policarpo Rondríguez Requejo, Ricardo Caballero Calleja…»

Mención especial (testimonio histórico)
PUES, LO DEL 34, CORAZONES…
Montserrat Garnacho Escayo
           Pues, pues, pues… Pues a ver cómo os lo explicaría yo, en contexto, lo que pasó en Asturias y en España aquel Octubre, en aquel Bienio Negro de nuestra tierna República… Pues, a ver, mirad… Mi padre, por ejemplo, nació en 1925, o sea, que el 5 de octubre del 34 tenía nueve años. Y eran seis hermanos y a él, que era el mayor, le tocaba ya trabajar duro. Pero muy duro, no os penséis que era solo hacer recados o llevarle la maleta a alguien desde la estación para que le dieran unos céntimos. No. En el 34, aunque los sindicatos ya habían conseguido prohibirlo, todavía había muchos críos trabajando por ejemplo en las minas, arrastrándose por las ramplas y llenando las vagonetas con los miles de toneladas que se sacaban, que ya os lo podéis imaginar. Y lo de fuera, lo hacían las mujeres casi todo, lavarlo y cargarlo en los vagones. Cientos de mujeres y de niñas de apenas quince años. Famélicas. No se podía hasta los dieciséis, pero hacían trampa. Qué remedio, si entre toda la familia no juntaban para el pan, si a mi madre le ponían Los Reyes Magos de regalo una naranja… Y ya, ni pensar que tuvieran que ir al médico. De dónde. Y, aparte, en torno a la mina había mucho laboreo. El carbón, entonces, era lo que después fue la gasolina: era la sangre que movía la maquinaria del mundo. Como luego el petróleo. Y mi padre, por ejemplo, a los nueve años, se pasaba las noches pisando islán, que era el polvo de lavar todo aquel carbón, que acababa en el río y los empresarios lo sacaban para el coque. Bueno, ellos no. Las mujeres y las niñas, con los cestos en la cabeza todo el día, chorreando natas negras hasta llenar las balsas. Y por la noche lo pisaban los críos para apelmazarlo y que soltara el agua y poder cargarlo por la mañana en los vagones. Chop, chop, chop, lloviendo o nevando, descalzos, vendimiando las natas del carbón…

Y bueno. Y en cierta ocasión, estábamos en casa comiendo por estas fechas y salió también el tema, como ahora. Ya se había muerto Franco, claro, que si no, no dice nada. Tenía miedo. No quería que nos metiéramos en política ni en líos. Y además, por mi madre, que a ella no le gustaban esas conversaciones. Pero ese día, qué sé yo, le dio por soltarse. Y se me ocurrió preguntarle, papá, ¿tú te acuerdas de lo que estabas haciendo el 5 de Octubre del 34?

…Y la familia de mi madre era de un pueblo de Palencia, ya sabéis. De Villada. Y mi abuelo era conductor de diligencias y al ponerles el tren se quedó en paro y fue cuando tuvieron que venirse a Asturias a las minas. Y mi abuela es que allí en el pueblo era muy de misa y pésame, señor y todo eso. Carne de yugo. Lo típico. Y aquí, cuando vinieron, pues lo mismo. Lo que le dijeran los curas del convento. Qué queríais. Y mi madre, igual…

Y en fin, que le pregunté por lo del 34 y nos dijo que sí que se acordaba. Que la noche del 4 al 5 de octubre de 1934 él estaba pisando islán en una balsa que había donde la estación, detrás del palacio de los Figaredo. Los abuelos de este Rato y éstos Figaredo de ahora. Y a las doce de la noche vieron pasar a mucha gente corriendo. Y que pasó un vecino suyo y que le dijo él, ¿dónde vais, Ramón? Y le dice el otro, a los economatos… ¿no sabes que hoy hay revolución? ¡Corre, Pepín! Y entonces, que salieron todos los críos disparados de la balsa y echaron a correr tras ellos. Y que él se llenó los bolsillos de garbanzos y que llegó corriendo a casa y que le dijo a su madre: Mira, madre, garbanzos… ¿No sabes que hoy hay revolución?

…Y según nos estaba contando, va tu abuela y se queda mirando así para él, como si acabara de descubrir que tenía al Demonio sentado en la cocina y le dice ella, con horror:

– ¡Pepe, Pepe!

Y entonces a él se le volvieron a caer encima todos los siglos de yunta que llevamos amarrados al pescuezo y bajó otra vez la cabeza, avergonzado…

Y, resumiendo contexto, eso fue, lo del 34… ¡Y que no me entere yo de que a vosotros os da vergüenza, corazones!


A mi madre, Mercedes, que tiene 92 años y ahora dice que es una tontería rezar…

Mención especial (testimonio histórico)
CASTILLETE
José Manuel Regal García
Durante la vista oral que se celebró en Oviedo de 6 de Junio de 1979, donde se acusa a cuatro trabajadores de Minas de Figaredo por detención ilegal, se apiñaron miles de personas a las puertas del juzgado. La presión popular por un lado y el paso el tiempo, por otro, hizo rebajar la tensión habida hasta entonces, y tanto el fiscal como la parte demandada llegaron a un cierto entendimiento para finiquitar la situación que se había dado, y dado que el futuro de la minería y en concreto de Minas de Figaredo ya estaba escrito, las penas se redujeron sensiblemente. El día 8, estando en prisión, el comité de empresa recibió un comunicado que rezaba: «La dirección de la empresa sanciona con despido a Avelino García, Laudelino Andrade, Luis Argüelles y Florentino Matías Crespo por falta muy grave y secuestro de un ingeniero y mantenerlo secuestrado durante 10 horas, el pasado día 2». Una larga agonía de reivindicaciones y conflictos hacía que mas 1600 familias lo intentaran todo para sobrevivir, cortes de carretera, caceroladas, manifestaciones…hasta llegaron a cortar el paso de la Vuelta Ciclista a España, encierros en el pozo y un sinfín de medidas. Después de décadas de obtener pingües beneficios, la falta de inversiones en los años 70 llevó a la empresa a una situación sin salida. Fue un 2 de Noviembre de 1978 en la negociación para salir de un bucle inimaginable, la mesa de negociación se enquistó sin posibilidad de dar marcha atrás. El comité de empresa esgrimió sus argumentos, mejorar los contratos y mejores condiciones de trabajo les había conducido a una gran huelga. Por la empresa, un grupo de ingenieros, entre los que encontraba uno de los propietarios cuya familia había cambiado el apellido de Fernández por el topónimo donde residía, Figaredo, para dar más empaque a dicha familia. En un conato de valentía y con la mesa de negociación cerrada y sin acuerdo alguno, los cuatro compañeros quisieron conducir al ingeniero al pozo junto con el resto de encerrados, ante la imposibilidad de llevar a cabo esto, decidieron conducirlo al castillete. Diez horas de secuestro dieron para mucho, pensaron en todo, en los objetivos, el miedo, las consecuencias, la incertidumbre, pero el frío y el sueño hicieron estragos en su ánimo. La noticia se extendió como una mancha de aceite, una multitud de curiosos se apiñaron en las inmediaciones con el propósito de ver el desenlace que estaban presenciando. Más abajo, en las entrañas de la tierra, a 470 m., un puñado de compañeros sufría la vigilia de un encierro, en una de sus 11 plantas, para protestar por una situación de la que eran víctimas. Arriba, en lo alto del castillete de S. Inocencio, a 31 m. los 4 mineros y el ingeniero bajo la gélida tarde que adormecía sus músculos. La silueta de aquellos hombres braceando y gesticulando no sé que, en busca de una situación milagrosa sin dar con la tecla apropiada. Al final, parece que la cordura y la certeza de ir a ningún sitio con esa protesta, les hizo reflexionar y depusieron su actitud, liberando al ingeniero para presentarse voluntariamente en el juzgado de Mieres.
Una solución salomónica al largo conflicto llevada a cabo por la dirección, fue la venta por un precio simbólico y el ingreso de Minas de Figaredo en el I.N.I. El resultado es bien conocido, el cierre de la minería, y los perdedores, los de siempre.