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XVI Edición – Menciones especiales: testimonio histórico

XVI Edición – Menciones especiales: testimonio histórico 150 150 manuel

Mención especial (testimonio histórico)
ESCRITOS EN EL VIENTO
Jesús Pérez López


Dedicado a los mineros de Riotinto,
especialmente a los que forjaron mi familia
Hace ya más de 80 años se borraron sus nombres de la historia. Eran hijos de la mina y fueron convocados en aquella madrugada del 19 de julio de 1936 para defender la libertad y la democracia. Fueron convocados y acudieron a la llamada, no sin miedo, pero con conciencia y con esperanza de detener a los traidores. Mineros y jornaleros, todos, hombres de barro y llanto, formando una columna de héroes. Nació en Peña de Hierro y recorrió la cuenca minera y varios pueblos de la provincia de Huelva, creciendo en número. Fue la Columna Minera de Riotinto, hombres normales escasamente armados, hombres mortales dispuestos a morir, hombres convertidos en soldados del pueblo, en héroes, que partieron rumbo a Sevilla para proteger a sus hermanos proletarios, para defender a todos los pueblos de España. Entre ese grupo de héroes, estaba Manuel Rodríguez Méndez, el niño Méndez.

A la columna iban a unirse un grupo de guardias civiles dirigidos por el comandante Gregorio Haro Lumbreras. Estos se adelantaron y llegaron a Sevilla antes que los mineros, ejecutando su traición y poniéndose bajo las órdenes de Queipo. La columna fue emboscada en la Pañoleta por esos mismos que habían prometido lealtad, por esos que jamás tuvieron palabra ni honor. Allí, una de las balas impactó contra un camión cargado de pólvora, provocando una enorme explosión que puso fin a la resistencia a las once de la mañana del 19 de julio. Méndez, junto a otros setenta héroes, fueron detenidos y llevados al barco prisión Cabo Carvoeiro.

Cada día era más insoportable que el anterior, la humedad incandescente, el cúmulo de cuerpos sudorosos, apelotonados y enjaulados, y sin una escapatoria frente a aquella agonía. Méndez, el más joven, soportaba aquella situación intentando ver el mundo exterior a través de una pequeña rendija, tratando de no pensar en las sombras de aquel barco, en el hambre de aquel infierno y en el frío de un hogar tan lejano. Cada día el único aporte de aire renovado se producía cuando abrían la puerta para llamar a alguien para el interrogatorio. La desesperanza estaba extendida. Nunca saldrían vivos de aquel infierno, estarían encerrados allí hasta que el metal se fundiese cubriendo todos sus huesos.

Niño Méndez sálvate tú, le decían. No puedo dejaros, respondía. Eres el único que puede salvarse diciéndoles que eres menor de edad. Al cabo de los días el niño accedió y lo logró. Los interrogatorios se prolongaban. La vida era una pesada carga en aquel agujero, un lugar más insoportable que las minas más profundas donde estos hombres trabajaban. Así llegó el final. El 29 de agosto de 1936 se celebró el consejo de Guerra: Todos los mineros fueron condenados a pena de muerte, excepto Méndez, que fue condenado a cadena perpetua. Las lágrimas fueron contenidas y no quisieron pronunciar despedidas. El día 31 de agosto de 1936 los condenados fueron fusilados diseminadamente por los barrios conflictivos de Sevilla. Méndez pudo sentir una cuchillada gélida por cada uno de sus compañeros asesinados. No derramó ni una sola lágrima, no agachó su cabeza ni la agacharía nunca, pero jamás olvidó sus rostros, jamás olvidó sus vidas, jamás borró de sus labios cada uno de sus nombres y cada noche los escribía en un trozo de papel o en el mismísimo viento para que jamás fuesen olvidados:

«Francisco Salgado Mariano, Domingo Pavón Fernández, Domingo Pachón, José Palma Pedrero, Cayetano Muñoz Maestre, Policarpo Rondríguez Requejo, Ricardo Caballero Calleja…»

Mención especial (testimonio histórico)
PUES, LO DEL 34, CORAZONES…
Montserrat Garnacho Escayo
           Pues, pues, pues… Pues a ver cómo os lo explicaría yo, en contexto, lo que pasó en Asturias y en España aquel Octubre, en aquel Bienio Negro de nuestra tierna República… Pues, a ver, mirad… Mi padre, por ejemplo, nació en 1925, o sea, que el 5 de octubre del 34 tenía nueve años. Y eran seis hermanos y a él, que era el mayor, le tocaba ya trabajar duro. Pero muy duro, no os penséis que era solo hacer recados o llevarle la maleta a alguien desde la estación para que le dieran unos céntimos. No. En el 34, aunque los sindicatos ya habían conseguido prohibirlo, todavía había muchos críos trabajando por ejemplo en las minas, arrastrándose por las ramplas y llenando las vagonetas con los miles de toneladas que se sacaban, que ya os lo podéis imaginar. Y lo de fuera, lo hacían las mujeres casi todo, lavarlo y cargarlo en los vagones. Cientos de mujeres y de niñas de apenas quince años. Famélicas. No se podía hasta los dieciséis, pero hacían trampa. Qué remedio, si entre toda la familia no juntaban para el pan, si a mi madre le ponían Los Reyes Magos de regalo una naranja… Y ya, ni pensar que tuvieran que ir al médico. De dónde. Y, aparte, en torno a la mina había mucho laboreo. El carbón, entonces, era lo que después fue la gasolina: era la sangre que movía la maquinaria del mundo. Como luego el petróleo. Y mi padre, por ejemplo, a los nueve años, se pasaba las noches pisando islán, que era el polvo de lavar todo aquel carbón, que acababa en el río y los empresarios lo sacaban para el coque. Bueno, ellos no. Las mujeres y las niñas, con los cestos en la cabeza todo el día, chorreando natas negras hasta llenar las balsas. Y por la noche lo pisaban los críos para apelmazarlo y que soltara el agua y poder cargarlo por la mañana en los vagones. Chop, chop, chop, lloviendo o nevando, descalzos, vendimiando las natas del carbón…

Y bueno. Y en cierta ocasión, estábamos en casa comiendo por estas fechas y salió también el tema, como ahora. Ya se había muerto Franco, claro, que si no, no dice nada. Tenía miedo. No quería que nos metiéramos en política ni en líos. Y además, por mi madre, que a ella no le gustaban esas conversaciones. Pero ese día, qué sé yo, le dio por soltarse. Y se me ocurrió preguntarle, papá, ¿tú te acuerdas de lo que estabas haciendo el 5 de Octubre del 34?

…Y la familia de mi madre era de un pueblo de Palencia, ya sabéis. De Villada. Y mi abuelo era conductor de diligencias y al ponerles el tren se quedó en paro y fue cuando tuvieron que venirse a Asturias a las minas. Y mi abuela es que allí en el pueblo era muy de misa y pésame, señor y todo eso. Carne de yugo. Lo típico. Y aquí, cuando vinieron, pues lo mismo. Lo que le dijeran los curas del convento. Qué queríais. Y mi madre, igual…

Y en fin, que le pregunté por lo del 34 y nos dijo que sí que se acordaba. Que la noche del 4 al 5 de octubre de 1934 él estaba pisando islán en una balsa que había donde la estación, detrás del palacio de los Figaredo. Los abuelos de este Rato y éstos Figaredo de ahora. Y a las doce de la noche vieron pasar a mucha gente corriendo. Y que pasó un vecino suyo y que le dijo él, ¿dónde vais, Ramón? Y le dice el otro, a los economatos… ¿no sabes que hoy hay revolución? ¡Corre, Pepín! Y entonces, que salieron todos los críos disparados de la balsa y echaron a correr tras ellos. Y que él se llenó los bolsillos de garbanzos y que llegó corriendo a casa y que le dijo a su madre: Mira, madre, garbanzos… ¿No sabes que hoy hay revolución?

…Y según nos estaba contando, va tu abuela y se queda mirando así para él, como si acabara de descubrir que tenía al Demonio sentado en la cocina y le dice ella, con horror:

– ¡Pepe, Pepe!

Y entonces a él se le volvieron a caer encima todos los siglos de yunta que llevamos amarrados al pescuezo y bajó otra vez la cabeza, avergonzado…

Y, resumiendo contexto, eso fue, lo del 34… ¡Y que no me entere yo de que a vosotros os da vergüenza, corazones!


A mi madre, Mercedes, que tiene 92 años y ahora dice que es una tontería rezar…

Mención especial (testimonio histórico)
CASTILLETE
José Manuel Regal García
Durante la vista oral que se celebró en Oviedo de 6 de Junio de 1979, donde se acusa a cuatro trabajadores de Minas de Figaredo por detención ilegal, se apiñaron miles de personas a las puertas del juzgado. La presión popular por un lado y el paso el tiempo, por otro, hizo rebajar la tensión habida hasta entonces, y tanto el fiscal como la parte demandada llegaron a un cierto entendimiento para finiquitar la situación que se había dado, y dado que el futuro de la minería y en concreto de Minas de Figaredo ya estaba escrito, las penas se redujeron sensiblemente. El día 8, estando en prisión, el comité de empresa recibió un comunicado que rezaba: «La dirección de la empresa sanciona con despido a Avelino García, Laudelino Andrade, Luis Argüelles y Florentino Matías Crespo por falta muy grave y secuestro de un ingeniero y mantenerlo secuestrado durante 10 horas, el pasado día 2». Una larga agonía de reivindicaciones y conflictos hacía que mas 1600 familias lo intentaran todo para sobrevivir, cortes de carretera, caceroladas, manifestaciones…hasta llegaron a cortar el paso de la Vuelta Ciclista a España, encierros en el pozo y un sinfín de medidas. Después de décadas de obtener pingües beneficios, la falta de inversiones en los años 70 llevó a la empresa a una situación sin salida. Fue un 2 de Noviembre de 1978 en la negociación para salir de un bucle inimaginable, la mesa de negociación se enquistó sin posibilidad de dar marcha atrás. El comité de empresa esgrimió sus argumentos, mejorar los contratos y mejores condiciones de trabajo les había conducido a una gran huelga. Por la empresa, un grupo de ingenieros, entre los que encontraba uno de los propietarios cuya familia había cambiado el apellido de Fernández por el topónimo donde residía, Figaredo, para dar más empaque a dicha familia. En un conato de valentía y con la mesa de negociación cerrada y sin acuerdo alguno, los cuatro compañeros quisieron conducir al ingeniero al pozo junto con el resto de encerrados, ante la imposibilidad de llevar a cabo esto, decidieron conducirlo al castillete. Diez horas de secuestro dieron para mucho, pensaron en todo, en los objetivos, el miedo, las consecuencias, la incertidumbre, pero el frío y el sueño hicieron estragos en su ánimo. La noticia se extendió como una mancha de aceite, una multitud de curiosos se apiñaron en las inmediaciones con el propósito de ver el desenlace que estaban presenciando. Más abajo, en las entrañas de la tierra, a 470 m., un puñado de compañeros sufría la vigilia de un encierro, en una de sus 11 plantas, para protestar por una situación de la que eran víctimas. Arriba, en lo alto del castillete de S. Inocencio, a 31 m. los 4 mineros y el ingeniero bajo la gélida tarde que adormecía sus músculos. La silueta de aquellos hombres braceando y gesticulando no sé que, en busca de una situación milagrosa sin dar con la tecla apropiada. Al final, parece que la cordura y la certeza de ir a ningún sitio con esa protesta, les hizo reflexionar y depusieron su actitud, liberando al ingeniero para presentarse voluntariamente en el juzgado de Mieres.
Una solución salomónica al largo conflicto llevada a cabo por la dirección, fue la venta por un precio simbólico y el ingreso de Minas de Figaredo en el I.N.I. El resultado es bien conocido, el cierre de la minería, y los perdedores, los de siempre.

XVI Edición – Mención especial (asturiano) – HAI DE TENER MEMORIA – Secundino Díaz Menéndez

XVI Edición – Mención especial (asturiano) – HAI DE TENER MEMORIA – Secundino Díaz Menéndez 150 150 manuel

Baxaba col mio coche pelos túneles de Villa tres más de 25 años fuera de la rexón. Salí d’equí en plena reconversión industrial y vuelvo a una tierra con un paisaxe desolador. Miro a dambos llaos peles ventanielles del vehículu y namás veo desolación. De la que salgo de l’autovía acolumbro’l pozu Maria Luisa, antaño estandarte del grupu Hunosa y fonte de riqueza del valle. El so aspeutu pantasmal retrotráime a la mio mocedá, cuando les circunstancies me llevaron a emigrar a la gueta un futuru qu’equí negábasenos a los de la nuestra xeneración. Les previsiones de la que marché yeren dalgo más prometedores. Los políticos de turnu y los abanderaos de dalgunos sindicatos pregonaben el maná qu’aportaría d’Europa en forma subvenciones pa reindustrializar los valles. El dineru quedó nos bolsiellos de dalgunos d’ellos y nos de los altos dirixentes, nin un miseru euru pa’l oxetivu real. Nun pidíamos dineru, queríemos el futuru que se nos negó.

¿Que si hubo llucha? Claro que la hebo, sobre too de primeres. Mio pá escribíame de forma regular pa cuntame que nun diben afloxar, que diben llograr que tornare a casa, pa trabayar y vivir dignamente na tierra los mios güelos. Quemábense trenes, cortábense carreteres, la llucha taba viva y yo creyía ciegamente nes sos palabres. Nun yeren quien con ellos, yeren la vieya guardia. Los aprendices del 34, herederos del 62, fíos de la dinamita. «Si esto nun s’arregla, guerra, guerra, guerra» retumbaba per toles cais de los Valles Mineros. Pero tres too aquello, volvimos a perder. Compraron la so paz social con bones prexubilaciones y, ehí llegó la dixebra. Munchos fueron los que replegaron ensin meter ruíu, la so vida taba resuelta y el que viniere detrás que peleare polo d’él, qu’ellos yá lo fixeren per munchos años. Qu’equivocaos taben.

Mio pá colos güeyos cada vez más murnios y vistíu de llaboriar, sal a recibime a la puerta de la finca, nun me dexa nin entrar en casa a da-y un besu a mio ma. Abre la puerta’l coche y monta nel asientu l’acompañante.
—Tira pa Mieres, que van echar a los últimos mineros que queden y hai que meter dalgo ruíu. Güei pieslla Nicolasa y la mio sangre negro nun me dexa quedar en casa —soltóme como si yo viniere de dir a pol pan.

Llegamos en 15 minutos. Enfrente les oficines axuntárense los pocos que quedaren tovía n’activo. Unos señores entraxaos, col conseyeru d’industria a la cabeza, empobinaben escontra ellos desplicando que yá nun yeren rentables y que llevaben bien d’años siendo una carga pal estáu. En poques palabres, que yeren unos inútiles, que nun valíen. De nada valía que fueren el motor d’esti país cuando les coses nun yeren color de rosa. Cuando una hora baxo tierra restabes de la to vida y arriesgabes la mesma cada día. Yeren un llastre que soltar, había de reciclase o morrer de fame, nun había otra.

Un de los homes que taben nel balcón de les oficines metió la mano en bolsu l’americana y contestó al teléfonu móvil. Les sos faiciones denotaben que daqué malo-y taben tresmitiendo al otru llau de la llinia. Xuxurió-y al oyíu del conseyeru lo que-y comunicaren y la cara d’esti camudó de color.
—Señores, múdense de ropa. El país precísalos, cayó un gua?e a un pozu. Nunca dexaron de ser héroes.

XVI Edición – Accésit testimonio histórico – A.P. – David Villar Cembellín

XVI Edición – Accésit testimonio histórico – A.P. – David Villar Cembellín 150 150 manuel

Un objeto destaca sobre los demás en el Museo de la Minería de Gallarta. Entre picos, mallas, vagonetas, cascos, genéfonos, candiles y uniformes, confundido entre decenas de herramientas y fotografías antiguas, se puede ver el Acta de defunción de un niño de nueve años. Alonso Palacios, el nombre de aquel niño. Alonso Palacios, rescato su nombre para salvarlo de esa segunda muerte que supone el olvido.

Nada sabemos de aquel niño y nada queremos inventar. Que era natural de Soria y falleció en la mina son los datos que facilita el museo. Acompañan su Acta de defunción con una cita al pie de Dolores Ibarruri, que también conoció lo que era el trabajo infantil en torno a la mina de Concha II.

Pero como no queremos fantasear con su vida, como no queremos realizar conjeturas en blanco y negro con aquello que resulta sencillo de imaginar —miseria, humedad y enfermedades respiratorias motivaban una tasa de mortalidad infantil del 250 por 1000, así acontecía la vida en la zona minera de Bizkaia durante aquella época—, prestemos pues atención al objeto. Fijemos nuestra mirada en el documento colgado sobre la pared: se trata de un sencillo papel escrito con trazo rápido, torcido, con letra de médico. Un sello ilegible certifica el fallecimiento, como dando validez a lo descrito en él. El tiempo lo ha amarilleado poniendo distancia entre nosotros y aquello que narra, pese a que apenas ha transcurrido un siglo. Resulta aterrador por su sencillez, por la cotidianeidad, por el formalismo burocrático.

Es inevitable detenerse ante el Acta de defunción de Alonso Palacios, un impreso que obliga a detenerse al visitante del museo. Provoca la reflexión. ¿Fue Alonso uno de tantos niños barrileros transportando vino y agua? ¿Vivió en un barracón comunal? ¿Conoció algún tipo de educación? ¿Supo lo que era jugar? ¿Su madre tuvo tiempo para llorarlo desde el lavadero de mineral? Las preguntas asaetan nuestra conciencia, pero nada interrumpe la continuidad de su muerte. Alonso murió hace un siglo y, como si la realidad se filtrara a través de una gasa, nuestra moralidad es contraria a admitir ese hecho. Ahuecamos las palmas en señal de oración, nos llevamos las manos a la boca con gesto de horror, la pátina ambarina de ese papel representando una escenografía cruel que nos negamos a aceptar. Alonso tenía nueve años, ¿cómo pudo morir en una mina? ¿Cuándo abandonó la infancia para convertirse en estadística? ¿En testimonio?

Son conocidas las causas que desembocaron en el fuerte movimiento obrero que a principios del siglo XX floreció en La Arboleda, Gallarta, Galdames, Trapaga, Sestao: los salarios infrahumanos, la obligatoriedad de comprar en las cantinas, la alta accidentalidad, la insalubridad que convergía en silicosis y polio. Médicos como el Doctor Areilza, sindicalistas como Facundo Perezagua y políticas como La Pasionaria concentran los grandes nombres y daguerrotipos de una época semiolvidada, pero a mí me gusta añadir el de Alonso Palacios, niño de nueve años que murió en una mina. El pasado restituye lo que fuimos. No estamos muertos si sabemos hacer de aquella nuestra rabia.

XVI Edición – Accésit joven – MATEO – Elisa Palacios Moreta

XVI Edición – Accésit joven – MATEO – Elisa Palacios Moreta 150 150 manuel

A veces creo que me falta respirar.

Es entonces cuando pienso en Mateo.

Ahora, que solo conservo una vieja fotografía de mi hermano con los bordes gastados y de color diluido por el tiempo, pienso en él más que nunca.

Hoy, vivo en la blanquecina habitación de un hospital tan luminoso, que duele ver. Y en los últimos días de vida, solo contemplo la imagen de Mateo.

Tengo pocos recuerdos suyos, todos relacionados con el pueblo. Era un lugar salvaje y caluroso. Un paraíso de casas para nada uniformes y de colores arenosos. Las piedras que adornaban los muros y resguardaban las casas en invierno parecía que jamás abandonarían sus firmes puestos de trabajo.

Era entonces un niño, y como tal, creía que todo lo que me rodeaba se veía envuelto de una fascinante eternidad natural. El mundo era para mí, lo que siempre sería, por muchos años que pasasen.

Así lo eran también para mí mi padre y Mateo. Siempre tan grandes y tan seguros de lo que hacían. Mateo era diez años, tres meses y un día mayor que yo. Mi padre siempre lo decía, exactamente así, cuando yo fruncía el ceño a causa de algún privilegio que mi hermano tenía sobre mí.

Pero sobre todo, el recuerdo que se repite en mi cabeza es el de ellos dos, cargados de picos, palas, cuerdas, cascos, trajes y un pequeño canario enjaulado; entrando en la boca repleta de dientes afilados del lobo.

Cada día, les oía trastabillar en la cocina muy temprano. Ambos eran torpes y ruidosos, y hablaban a gritos. Incapaz de quedarme en la cama durante horas hasta que empezase la escuela, me escabullía por la ventana de atrás, la del cuarto de baño. Los seguía hasta la entrada de la mina, sin que me viesen, porque papá pensaba que era demasiado pronto para que un niño de mi edad estuviese despierto. Y observaba como los tres, papá, Mateo y el canario, se adentraban en la penumbra de la mina.

La mina. Era una palabra temblorosa, una de esas que vuelan demasiado rápido de los labios, como si fuesen frágiles y cristalinas.

Frágiles como el ruido de Mateo por las mañanas, o como los piares del canario. Frágiles, como los días en los que puedo inhalar tranquilamente, sin la penumbra de la mina acechando.

La última vez que vi a Mateo y al canario, fue en una de esas tempranas escapadas. Le vi hablar con mi padre, balancear suavemente la jaula del canario, y sumirse en la oscuridad del polvo, la grava y el humo. No volvió. El pájaro tampoco.

Años después, camino por los pasillos limpios con los pies manchados de carbón y piedrecitas que se me han ido quedando dentro del zapato a lo largo de los años.

Años después, cuando a este viejo le fallan los pulmones y cree, con razón, que no puede respirar, es entonces cuando piensa en Mateo, su hermano.

Y lo mucho que le echa de menos.

Y el poco tiempo que le queda, y las palabras que ya no…

XVI Edición – Accésit asturiano – AVIENTU-18 – Roberto Xosé Fernández

XVI Edición – Accésit asturiano – AVIENTU-18 – Roberto Xosé Fernández 150 150 manuel

¡Por fin la lluz del día!, orbaya, upo la persiana metálica que rincha como quexándose y sofítola na colgadiella, la embarcadora baxa les pontes y sube la barrera, arreblago per debaxo. Llibertá.

El orpín destiñe los cascos, ye trentaiún, hai gayola y folixa nel ambiente, glayíos, ixuxus, chancies, mañana nun se trabaya, ye fiesta. Los pasos entainen, ya nun son tan curtíos como cuando van en direición contraria. Fai frío, muncho cutu o quiciabes non, pero’l contraste col sudu, col mugor asina me lo fai sintir. Nun m’importa.

Dexo’l Fenzy nel so furacu, escolingo la chapa. Pongo’l focu a cargar, prendese dos vegaes como chisgándome un güeyu, como despidiéndose, escolingo la chapa. Merco un agua na llampistería pa baxar el polvu del gargüelu, el llitru y mediu que baxé nun foi abondo. Empobinome pa la casa baños, prendo un pitu, tuso, carpio, surnio, ferviello, cuspio. Cuspio derrota, deceición, mocos prietos… rabies. Escolíngome dafechu.

Empeno’l cascu nel colgaderu, en sintíu lliteral, sí, pero tamién metafóricu, como los bosiadores ecolinguen los guantes o los fubolistes les botes al retirase. El mio retiru ye forciau, políticu, ¿ambiental?

El agua puerco amiya piernes abaxo faciendo un champán prietu alredor de les chancles. El mio compañeru frotame’l llombu con mas fuercia de la avezada. Ye igual, reláxame, yo ensin decatame faigo lo mesmo cola espalda del «vagón» d’alantre nesi tren improvisau que se forma tolos díes nes duches. Arrincar el carbón del pelleyu entemecío col aceite del martiellu de barrenar, cuesta cuasi tanto como arrincalo abaxo. Fino la esfriega delantre’l espeyu dexando la piel nidia, rellumante, la raya los güeyos queda sollerte, como pintada col meyor llapiceru eyeliner del mercau. Llistu.

Camudome n’ayén, despacín, saborguiando’l intre, talantando en finca-y el diente al pitu caleya con patatinos, que de xuru tendrá iguau mio má pa la cena, como toles nuechevieyes. Préstame a esgaya., les renumbrances aloyeres, afayadices, danme un respiru.

Piesllo la taquiella, toi cansu, galdíu, siéntome abangau nel bancu, nun quiero colar, güei non, miro al rodiu mio, pero miro colos güeyos zarraos, como pa guardalo nel caxón d’eses alcordances que nun quies que se pierdan nel desiertu‘l escaezu. Naide diz nada, ya nun hai niciu de la gayola, de les chancies, solo ruxerux, solo un tudeburde atristayau. Xingo los costazos, resígnome.

Morrió’l día, l’añu, el romanticismu, la llucha, la brenga, el puxu, la resistencia, les fuelgues, los dos sieglos d’hestoria, el futuru…Asturies.

Esti añu portémonos endemasiao bien, fuimos mui blandios. Si mio güelu o cualesquier d’aquellos homes de los d’enantes, de mirada seca, de boina calada, de madreñes ensin ferrar, de llámpara al costín, llevantaren la tiesta… Queden seis díes pa que vengan los reis y como a tolos neños bonos, nun mos van a trayer el mineral pol que naguamos; ¡CARBÓN!.

XVI Edición – Primer premio – CALIENTE – Denis Soria Fernández

XVI Edición – Primer premio – CALIENTE – Denis Soria Fernández 150 150 manuel

Yo nun sé si lo que cuenten ye verdá. A Segundino de Rozaes espéralu tolos díes la muyer a la puerte del chigre pa que se nun se beba la paga:

– Mira Segundino, nun te me pongas neciu y tira pa casa.

Y tiraba, claro. Porque «bocanegra», como lu conocíen na mina, yera un home de certeces. De dos namás: que yera meyor tropezar coles paredes que cola muyer, y que l’aguardiente nun-y diba devolver aquel fíu que perdiera na fuelgona del diecisiete. D’esto último alcordábase siempre, de lo primero… A veces. Pero nesta ocasión «bocanegra» chumaba pol so arguyu, Caliente, un güe casín col que trabayaba de treneru tirando poles vagonetes de llunes a sábadu. L’empresariu quería trayer mules de Castiella y yá nun-y diben arrendar más l’animal. Muncho-y caltriaba vender aquel güe, anque ¿quién diba compra-y aquella bestia ruina, rebaxuela y con un cuernu solu? Tampoco nun quería llevalu al mataderu, si bien Segundino tenía menos soluciones que perres na faltriquera.

Aquella tarde terminaba’l turnu cuando-y salió al pasu’l sarxentu del cuartel de Santuyano, un cazurru de bigote recortadín y sorrisa de cabrón que tenía’l vezu de presentase cada tanto nel pozu y escoyer al azar.

– ¡Bocanegra!

Segundino allargó un cariciu a la frente moyada de Caliente, viendo’l so reflexu derrangáu nos güeyos de la bestia, como dos espeyos. Nada fixo sospechar la reacción del güe dempués d’aquel culatazu na cara de «bocanegra». D’esporión, Caliente pegó una sapada y ensamó nel beneméritu con tan terrible furia que lu espetó col únicu cuernu que tenía pela peor de les partes. Y apañáu d’esta manera, arremellando los güeyos ensin poder mirar a nenyuri, dibuxó un xestu que xeló’l rostru de los dos guardies que lu acompañaben.

– ¡Caliente! ¡Caliente! Berraba Segundino ensin fuelgu.

Ente esparabanes y allaríos, escorrieron al güe vocexando hasta que lu desenganchó nuna escombrera, tiñendo’l carbón d’un regueru de sangre y mierda tan desagradable qu’ún de los guardies aflaqueció mientres partoriaba pel superior. Un mes entardó en poder echase boca arriba, y otros dos más en salir del sanatoriu. Nun volvería al pozu, a nengún otru.

– Yo te lu compro, Segundino.

Hai quien diz qu’enxamás lu vendió.