XVI Edición – Accésit testimonio histórico – A.P. – David Villar Cembellín

XVI Edición – Accésit testimonio histórico – A.P. – David Villar Cembellín

XVI Edición – Accésit testimonio histórico – A.P. – David Villar Cembellín 150 150 manuel

Un objeto destaca sobre los demás en el Museo de la Minería de Gallarta. Entre picos, mallas, vagonetas, cascos, genéfonos, candiles y uniformes, confundido entre decenas de herramientas y fotografías antiguas, se puede ver el Acta de defunción de un niño de nueve años. Alonso Palacios, el nombre de aquel niño. Alonso Palacios, rescato su nombre para salvarlo de esa segunda muerte que supone el olvido.

Nada sabemos de aquel niño y nada queremos inventar. Que era natural de Soria y falleció en la mina son los datos que facilita el museo. Acompañan su Acta de defunción con una cita al pie de Dolores Ibarruri, que también conoció lo que era el trabajo infantil en torno a la mina de Concha II.

Pero como no queremos fantasear con su vida, como no queremos realizar conjeturas en blanco y negro con aquello que resulta sencillo de imaginar —miseria, humedad y enfermedades respiratorias motivaban una tasa de mortalidad infantil del 250 por 1000, así acontecía la vida en la zona minera de Bizkaia durante aquella época—, prestemos pues atención al objeto. Fijemos nuestra mirada en el documento colgado sobre la pared: se trata de un sencillo papel escrito con trazo rápido, torcido, con letra de médico. Un sello ilegible certifica el fallecimiento, como dando validez a lo descrito en él. El tiempo lo ha amarilleado poniendo distancia entre nosotros y aquello que narra, pese a que apenas ha transcurrido un siglo. Resulta aterrador por su sencillez, por la cotidianeidad, por el formalismo burocrático.

Es inevitable detenerse ante el Acta de defunción de Alonso Palacios, un impreso que obliga a detenerse al visitante del museo. Provoca la reflexión. ¿Fue Alonso uno de tantos niños barrileros transportando vino y agua? ¿Vivió en un barracón comunal? ¿Conoció algún tipo de educación? ¿Supo lo que era jugar? ¿Su madre tuvo tiempo para llorarlo desde el lavadero de mineral? Las preguntas asaetan nuestra conciencia, pero nada interrumpe la continuidad de su muerte. Alonso murió hace un siglo y, como si la realidad se filtrara a través de una gasa, nuestra moralidad es contraria a admitir ese hecho. Ahuecamos las palmas en señal de oración, nos llevamos las manos a la boca con gesto de horror, la pátina ambarina de ese papel representando una escenografía cruel que nos negamos a aceptar. Alonso tenía nueve años, ¿cómo pudo morir en una mina? ¿Cuándo abandonó la infancia para convertirse en estadística? ¿En testimonio?

Son conocidas las causas que desembocaron en el fuerte movimiento obrero que a principios del siglo XX floreció en La Arboleda, Gallarta, Galdames, Trapaga, Sestao: los salarios infrahumanos, la obligatoriedad de comprar en las cantinas, la alta accidentalidad, la insalubridad que convergía en silicosis y polio. Médicos como el Doctor Areilza, sindicalistas como Facundo Perezagua y políticas como La Pasionaria concentran los grandes nombres y daguerrotipos de una época semiolvidada, pero a mí me gusta añadir el de Alonso Palacios, niño de nueve años que murió en una mina. El pasado restituye lo que fuimos. No estamos muertos si sabemos hacer de aquella nuestra rabia.